Lc 3,1-6
Vamos por el segundo domingo de adviento. La necesidad de ir a la puja con la Penitencia es palmaria. La venida del Señor está cerca, y si no estamos preparados y arreglamos nuestras cosas con el prójimo, con vecinos, familiares y hasta con el estado o Hacienda que somos todos, no es que no estaremos preparados para celebrar su primera venida, sino que mereceremos que se adelante la segunda con llanto, temblor y crujir de dientes. Vamos, el acabamiento de todo. El final.
Nuestra liturgia dominical hoy nos plantea con toda solemnidad cómo San Juan oyó la voz de Dios en el desierto y fue junto al río Jordán a predicar un bautismo de Penitencia . Era la invitación a reparar daños , a corregir conductas perjudiciales para la convivencia en sociedad, con la familia y hasta para el bien-estar con uno mismo.
El mundo laico en que vivimos no sabe, ni tiene ritual , ni legisla para el gobierno de la conciencia . Busca como mucho implantar una ètica cívica sin cultivar una ètica personal. Es como decir «no me importa que la gente sea feliz» , lo que me importa es que lo parezca».
Pero la Navidad cristiana quiere ser una fiesta no solo social sino en el corazón de cada uno. Y en ella y para ello la iglesia a través de la litúrgia y los sacramentos nos invita a entrar en el desierto- silencio de nuestra conciencia para tomar el mando de nuestra vida y ante Dios, ante la sociedad y la Iglesia hagamos un examen. Pasemos una ITV arreglando nuestra vida no sólo bajo las exigencias del derecho penal sino las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Asear nuestro ser para que sea santuario del Espíritu Santo, es la invitación de esta Navidad a todos nuestros cristianos y hombres de buena voluntad. Es lo que hizo la Virgen a quien en breve celebramos por su Inmaculada Concepción, preparar su corazón limpio para acoger al propio Dios hecho niño.