Lc 7,36-50 cuenta que Jesús es invitado a casa de Simón el fariseo. Allí se le acoge, pero parece que no con todo el repertorio de leyes prescritas en el ritual judío: lavatorio de pies, unción de la cabeza con ungüentos, etc. y sin embargo una mujer pecadora entra en la casa y riega los pies de Jesús con sus lágrimas y perfume.
¿Qué valoración debió hacer Jesús de este hecho? Por un lado, el fariseo que «anda entre leyes», porque cifra en su cumplimiento la salvación, ha descuidado cumplir las más exigibles para una buena acogida al maestro porque son respuesta a las inmediatas necesidades de un caminante. Y eso es lo curioso, que queriendo cumplir tantas leyes olvidan las que están más cerca del corazón.
Sin duda es un buen perfil del hombre en exceso pegado a la ley. La sobrecarga le lleva a olvidos inconfesables. La rigidez excesiva del legalista combina mal con el corazón y la espontaneidad. Y eso es lo que ha tenido y tiene en abundancia la pecadora, aunque algún exceso la lleve a maltraer. Tiene amor como motor de sus actos más que deberes -aunque los reconoce- y por ello pide perdón con lágrimas.
Y al recibir el perdón de Jesús entenderemos también la causa de su perdón: mientras el fariseo encuentra satisfacciones y falsas salvaciones en el deber cumplido (la ley no tiene poder de salvar, sólo declara culpable o no culpable), la pecadora lo encuentra en Jesús que sana de raíz los males porque es «el un que viene a quitar el pecado del mundo» (Juan 1,29)

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