Comentario homiletico

Al letrado que pregunta a Jesús por la salvación -con aviesa intención- Jesús le va a dar más de una lección:
El letrado le ha dado la respuesta de la Escritura de carrerilla: «hay que amar a Dios con todo el corazón con toda el alma y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo». Jesús le acepta la respuesta de libro porque acepta el Libro Sagrado- aunque le hubiera podido decir que Dios es Padre o Abba-pero como le insiste en querer saber quién es su prójimo Jesús le monta una parábola que no tiene desperdicio: la del «buen Samaritano».
En ella a Jesús se le ocurre poner como modelo de amor al prójimo justamente al samaritano porque es el que hace todo lo que puede para ayudar a un hombre malherido al ser asaltado por unos bandidos. Y de rechazo da un varapalo al estamento clerical de entonces al presentar a un sacerdote y a un levita que viendo al herido pasan de largo porque parece que tienen asuntos más importantes por el templo.
La parábola es una carga de profundidad puesta al supuesto orden establecido en Israel.
La salvación – viene a decir- no es patrimonio de nadie por ser judío o sacerdote o levita o creyente de una determinada fe -los samaritanos eran odiados por los judíos por seguir otra religión con culto en Garizin- sino que es patrimonio del que vive una fe practicada en obras concretas de amor a las personas que más lo necesitan.