Comentario homiletico

Lc 12, 8-12
Oyendo a Pablo en Rom 4, 13-18 los creyentes del Dios revelado a traves de la historia nos sentimos hermanados con la misma fe de Abraham padre de muchos pueblos creyentes q nos hemos encontrado por percepción especial del Espiritu con «el Dios que da vida a los muertos y da vida a lo q no existe». Cuando esa profunda convicción anida en un ser humano ahí hay una gracia de Dios . La tiene el que se aclama desde lo mas profundo diciendo «algo tiene q haber mas allá de todo cuanto hay a la vista». Con esa percepción especial uno se siente fluyendo en el río de la vida y andando por caminos de esperanza que invitan a ejercer alegría y gratuidad. Es el gérmen de la fe revelada gracias al encuentro con el Espíritu del Dios creador.
Hasta ahi ,que no es poco, compartimos el mismo camino todos los creyentes en el Dios revelado sea judio, cristiano o islámico. Somos pueblos participes de la misma fe abrahámica. Con esa fe hemos dado el salto a ver lo trascendente inmerso en lo temporal y lo empezamos a ver por gracia del Espíritu. Por eso Jesús dirá q negar esa gracia contra el Espíritu es el peor pecado. Mas q negar al propio Hijo porque es rechazar la primera semilla obra del Espíritu en nosotros por la que nos abrimos a la fe radical inmanente y trascendente.
La culminación de esa obra del Espíritu en la humanidad es el propio Jesús el Hijo de Maria que resumió en Cristo la máxima trascendencia e inmanencia.
Y quien le sigue desde el nacimiento hasta su muerte en cruz vive su vida a la vez muriendo y trascendiendo. Realizando en si mismo la plena humanidad q se vive con un morir sirviendo q es morir renaciendo.